Honor haber estado ayer con mis amigos de Techo - Guatemala, apoyando en la asignación de viviendas para la próxima construcción de Semana Santa; evaluamos los terrenos de las familias para la intervención de la organización en la Comunidad de Las Joyas, que va por la vivienda número 200, además de todos los proyectos que ya avanzan al paso del tiempo en este gran lugar.
#EnComunidad #LíderDeConstru #TECHO
DIARIO DE UN TECHERO
lunes, 15 de febrero de 2016
viernes, 12 de febrero de 2016
Rumbo a Xela y la estadía
Y aquí seguíamos, en este país copado de volcanes, personas con la esperanza de salir al nuevo día, el país de la eterna primavera he escuchado que le dicen; rodeado de voluntarios me encontré y encontré otro paso. -Vamos a Occidente, vamos a Xela- Me dijo un amigo, y yo que gustoso de encontrar nuevas aventuras me embarqué en esta sin temor a las carreteras, sin miedo al frío que ya suponía en estas tierras chapinas, y sin remordimiento de andar con malestar físico (Tiempo después me dí cuenta que es lo que pasaba, varios techeros hermanos y yo, habíamos enfermado. Por acá le decían “El mal de la Zona 15” que después se expandió a varios puntos del la capital; un día lanzaron una alerta noticiosa donde aseguraban que cientos personas estaban en un hospital particular de la ciudad por gastroenteritis aguda; el agua había presentado contaminación y se alertaba por todos lados lo que vendría a ser un efecto bola de nieve que abarcó gran parte de esta parte de Guatemala. Días más tarde como siempre pasa, entidades federativas, habría dicho que el agua de la ciudad estaba en perfecto estado y que no había por que preocupar; por otro lado se decía que unas tuberías habían sido destrozadas por una construcción de un paso a desnivel que se estaba haciendo en esa Zona 15) en todo caso la verdad no se sabría, era un virus, era el agua, podría haber sido cualquier cosa, el caso es que ya presentaba algunos síntomas del malestar; dolor de cabeza, dolor de estomago, fiebre, debilidad en todo el cuerpo. Perfectos síntomas también para embarcarme en una nueva aventura, entonces dije el “sí” que me llevaría a Xela.Xela es la cabecera del Departamento de Quetzaltenango; también conocida como Xelajú, es la segunda ciudad más importante del país de Guatemala, cuenta con unos 300 mil habitantes y para alguien que es de una ciudad similar (Y hablo de mí, que soy de Monterrey, Nuevo León México, sí, lo recalco) todo lo que veía aquí y todo lo que observaba, lo que me fueron enseñando de su historia, de sus batallas, ciertamente hacían que poco a poco encontrara relación con mi ciudad natal; pero es que así pasa, el hecho de estar lejos de tu ciudad y encontrarte una realidad similar a ella, digamos que lo hace atractivo a tu llegada.
Arribamos una noche de miércoles a aquella localidad después de recorrer tres horas de camino, de salir de la capital por una vía alterna y llegar a la carretera que nos llevaría a ver mediante las horas de camino, a 6 volcanes que se iban haciendo parte de uno mismo, como de igual manera el ocaso que nos fue atrapando hasta entrar a Quetzaltenango; al principio, precisamente en Salcajá el Monumento al Migrante, esos seres que van en busca de otras realidades, de nuevos destinos y un nuevo futuro, que se juegan el todo por el todo para encontrar otro rumbo, otra forma de vivir la vida fuera de aquí, fuera de todo y dentro de no sé que tantas cosas que hace que tal vez nunca regresen y que dejen a las familias con el clamor de nunca haberse ido.
Al paso arquitectura colonial, historias que pasan sobre las batallas que fueron un día en este departamento, ciudades hermanas que resuenan en mi corazón tan mexicano; fue así que ya a más de 2500 metros sobre el nivel del mar, estábamos en Xela dentro de una taberna con banderas de todo el mundo, monedas de diferentes percepciones, acentos de todas partes; copas de vino un ingeniero, un medico, un psicólogo y este periodista que les escribe, hablaban de todo y de nada que pasa de lo cotidiano a lo fantástico en milésimas de segundos, del Finisterre a los planetas que orbitan, de los volcanes de mi país y de los 37 que tiene este 33 tal vez, todo depende de quién te lo diga o de dónde lo busques.
Jueves por la mañana a 6º despertaba Xela, pasamos medio día en planeación, escritos que llegan a nada, aguantar la respiración y suplicar porque el malestar que tenía en ese entonces, no se agrandara. Fue así que después de comer nos emprendimos a otra aventura, teníamos que salir a Colomba, municipio escondido por la cordillera del Departamento de Quetzaltenango; ahí precisamente llegamos a Santa Rosa, después de una combi que nos llevó una hora y 40 minutos para después adentrarnos a la comunidad en una camioneta donde íbamos cerca de 25 personas en la caja en un camino de alrededor de 5 kilómetros y 20 minutos, con paradas alternas donde las personas que salían de la caja de la camioneta, bajaban con costales de frutas, bolsas de comida y cajas que me preguntaba el cómo todos teníamos lugar en este tan pequeño espacio; me sorprendió que en aquella camioneta, arriba, con nosotros, nos acompañaba algo así como un policía, que en este caso era de la comunidad, perteneciente a los grupos armados que cuidan los ejidos de las zonas, algo así como un Grupo de Autodefensa. Al tanto llegamos a Santa Rosa que después de ser finca, en 1982 fue remplazada para ser la colonia que ahora es, con cerca de 900 familias. En aquel entonces la comunidad aún siendo solo un terreno de cultivo, fue vendida por el propietario, a los trabajadores y habitantes en lotes. Dentro del asentamiento se visualizan algunas viviendas de concreto en las inmediaciones del camino que te lleva a la comunidad, sin embargo los techos de lamina se pueden observar en mayoría, ademas de pisos de tierra y viviendas con forro de bambú que se esconden tras las travesías empedradas al interior la colonia; prevalece aún hoy en algunos de los pobladores el Mam, lengua maya hablada en el Sur Occidente de Guatemala por aproximadamente medio millón de habitantes.
Después de la asamblea que efectuamos en aquel salón polivalente, que me contaron se usaba para bodas, “quinceañeras”, asambleas, fiestas de la comunidad y algunos eventos deportivos, nos disponíamos a regresar a Xela. Al salir, mis amigos voluntarios y yo de aquella comunidad, abordamos una camioneta con un poblador que se ofreció a llevarnos a la salida para que nosotros pudiéramos alcanzar el camión que saldría pronto hacía la ciudad; al llegar a la carretera no paramos en donde posiblemente pudiera detener aquel vehículo, fue así que seguimos, ellos le llaman Camioneta Xelajú (Es un camión de pasajeros y a su vez de carga, ya que arriba trae la fantástica rejilla para poner todos los costales de fruta que traen desde Colomba si vas a Xela o desde Xela si vas a Colomba, la leña que no puede faltar, cajas de arroz, maíz, ropa, leche, que tanto) ahí íbamos rumbo a la estación de Colomba cuando en ese preciso momento en el que la vida te juega a diferencia y entonces el grandísimo camión por el que íbamos pasa ya rumbo a Xela para nuestra mala suerte; por un momento estábamos desconcentrados, no sabíamos si reír o llorar, el único camión que nos iba a llevar ya había pasado rumbo a la ciudad.
No fue hasta que llegamos a la plaza de Colomba que el susto había pasado, llegamos y nos dijeron que por supuesto, la Camioneta de Xelajú iba a pasar nuevamente y entonces nos despreocuparamos, claro que esta vendría en 1 hora y 40 minutos después, así que posiblemente tendríamos tiempo de disfrutar el paisaje, folclor de los alrededores de la plaza de Colomba. Vaya risas que pasamos al enterarnos que estaríamos varados casi dos horas en aquel municipio; frente a la plaza fue el lugar que nos quedamos, a las afueras de una dulcería, sentados en la banqueta, mis amigos voluntarios y yo quedamos esperando a que pasara la famosa Xelajú; entre pastelerías, tlapalerías, panaderías y un camino de puestos de comida que se encontraba por un lado de la plaza central, estábamos contemplando y acompañando el tiempo juntos y también el humo contminado de algunos camiones que pasaban dejando ver el mal estado vehicular en que se encontraban. En ese momento yo no había mas que desayunado y me encontraba con hambre cerca de las 7 de la tarde, pero debido a mi malestar que en ese momento estaba por cobrarme más intensidad, no accedí a comprar de comer en las inmediaciones de aquel folclórico lugar de Quetzaltenango.
Con el hambre que tenía, apenas si alcancé a imaginar que iba a comer algo, hasta que uno de mis hermanos me ofreció algo que había sobrado de su lonche, “almuerzo” le dicen por estos lares; entonces ahí estaba agradeciendo las papas y zanahorias cocidas con carne, cosa que hizo que fuera a comprar unas tortillas (No les he contado pero acá las tortillas son algo diferentes, están pequeñas y algo infladas, son prácticamente como a las que nosotros les llamamos “gorditas”, incluso estas podrías abrirlas y dentro poner algo de la comida , como chicharrón, deshebrada, queso o algo así ¡Puta, como extraño eso!) estás tortillas con las que son difícil hacer tacos me costaron 5 por un Quetzal, algo así como dos pesos mexicanos, y forzosamente intenté hacerlas taco, pero ya ven como somos los mexicanos, por cierto me costó comer aquel día sin chile. Llegó el camión (Camioneta de Xelajú) Y nos fuimos hasta la urbe que ya nos esperaba, llegamos en 1 hora y 20 minutos; me sorprendió el ayudante del chofer que apenas le di la espalda y el camión dando a 80 K/h esté desapareció, después me explicaron que podría buscar aquello en youtube como Spiderman Xela, incluso me ha sorprendido la cantidad de musica mexicana que se escucha por acá, desde Juan Gabriel hasta La Trakalosa ¡Ja, sí, duele un poco!
Así pasé mis primeros dos días en esa hermosa ciudad, sigo en Guatemala donde me estoy quedando con la fantástica forma de ver las curvas de carretera, otras montañas que no son las mías y que de igual manera lucen hermosas; y también hoy, cuidando mi estomago intentando volver a ser ese vicioso del refresco; porque andaré recorriendo Latinoamérica, y como Guevara lo hacía, voy a preferir tomar “Las aguas negras del imperialismo” (Eso me da mucha risa) antes de agua para prevenir las enfermedades gastrointestinales, más esa es otra historia que después podría contarles, porque Guevara era un “cocacolero” de los grandes... Por ahora, continuemos con el viaje.
Por cierto, nunca lleguen a comprar tortillas en Guatemala diciendo “Parecen gorditas” pues las señoras que las venden no saben que así les decimos a cierto tipo de alimento que una señora llamada “Tota”, alguna vez patentó en México.
Saludos para todos donde quiera que estén.
DIARIO DE UN TECHERO
1era Estación: Guatemala - 2da Parte
Nubes esperanzas y las canciones que nos resguardan de la lluvia de batallas.
Son las algarabías por encontrar lo que no estábamos buscando, el tan emblemático discurso que nos damos cuando estamos enamorados y las manadas de nubes que al perderse se han de encontrar con otras tantas.
-Arthur Proa Akalyakatl
Nubes que aguardan el tiempo que ha sido,
cielos con vientos de las alas de pegasos,
caminos empedrados que uno a otro van pasando
y las carretas que nos llevan siempre a un nuevo destino.
Ahora que es momento rezo a mis santos paganos
para que el volcán nos de una tregua y nos deje seguir viajando.
-Arthur Proa Akalyakatl
Llegada a tierras chapinas
Corría tras el viento cual bala de metralla, de equipaje un cerro acuestre caminé con el rumbo de lo que supongo ha de ser por siempre el camino de mi vida, porque hay historias que contar, y hay paisajes que percibir, compartir y llevarnos para rato. Narrar lo que uno vive, plasmar lo que uno siente e intentar romper los esquemas de lo que dicen de imposible; así salí de mi Monterrey al viaje de mi vida, primera parada, llegar al aún entonces Distrito Federal, presentando mi primer libro (CIPSELA) en la Casa del Escritor, pactando borracheras de trabajo voluntario con amigos, viajes que seguro nos encontrarán al cono sur y un sin fin de emociones que ya se percibían aún sin salir de México.
Pasé de carretera hasta la ciudad de talaveras, valle de alegrías, batallas que aseguran seguir así; por el camino me miraban el Popocatepetl y el Iztaccihuatl, dos iconos del país que pareciera marchaban junto conmigo la aventura que todavía me aguardaba. Anduve del café hasta la pirámide, del volcán que humea hasta el Barrio del Artista, compartí de sonrisas con amistades, seminarios de logística en una consigna, amores que se aferran y la voluntad de mis hermanos.
Volví a carretear hasta Tuxtla Gutierrez ensordecido por la gran selva que me habitaba por su grandeza, recorridos que me hablaban de sus lenguas y folclor, voces que me llevaban hasta llegar a la frontera en Tapachula, en mi poca estadía, me agrietó tanto ese pueblo vuelto ciudad, rompía ya entre lluvias la infortuna de estar tan lejos de algunos y tan cerca de todo. Bastó con recordar que mi viaje siempre fue un sueño, que sigo habitando a cada minuto que avanzo para llegar al fin del mundo.
Y así fue que volví a emprender otro camino, casi 2 mil 500 kilómetros después llegué a Ciudad de Guatemala, pasando por la frontera de Talismán arribé hasta San Marcos, el clima ya era otro, la gente, los vehículos de transporte, y a cada instante me preguntaba por que tan distinto el mundo de un metro a otro. Cambié los pocos pesos mexicanos que traía por quetzales, sellaron mi pasaporte por 90 días, volví al autobús en el que cree la huida, y continúe el camino. Los paisajes se dibujaban uno tras otro, atrás quedó el Suchiate y Usumacinta, el Popo, el Izta y mi Cerro de la Silla, volví a cambiar de altitud y las verdes carreteras de este país ya me arropaban con sus paredes de palmera y volcanes sin frontera.
Cuando entré a la ciudad capital quedé sorprendido gratamente del paisaje colonial hasta el ambiente tan moderno y comercial, que atraviesa en este lado las pupilas como spot televisivo, una canción de moda o cualquier aparato que sobrepasa al otro solo por tener una “ese”. Allí, una familia de hermanos voluntarios apenas llegando me cobijó, dando recorrido por el primer plano de la ciudad yo miraba a todos lados, Zona 1 le llaman los guatemaltecos; me contaron de la grandiosa historia que crearon hace algunos mese cuando llenaron la plaza en la que estábamos parados, asumiendo el protagonismo que les correspondía, algarabías por hacer y ser justicia, por llenarse de utopías y de una u otra manera, levantar la mano para implacablemente volverse primavera y nuevo destino.
Contándome del Palacio Nacional, yo quedé asombrado, por la historia que lo marca en la construcción de un día, la grandeza, la espectacularidad que se siente de esquina a esquina, la energía que se observa y toda esa gran variedad de formas y estructuras coloniales que absorbe la historia. Me contaban de las antiguas ciudades que asumían como capitales del país mientras caminábamos del Puente de Correos al Cine Lux, de los bares hasta la Catedral y las innumerables iglesias que afrontan la realidad de un mundo que cambia a cada instante y que sigue siendo el mismo.
Al día siguiente con la resaca de cambiar frontera, de clima, de altitud y compañía; empecé de nuevo a unir energía para volver a adaptarme, y me sorprendió de lo rápido que le alcancé, optando por la mejor manera que conozco. Siempre he creído que formar parte del voluntariado resuena tanto en el interior de uno y se abren tan fácil las puertas de tu alma que en el instante en que te postras siendo uno acompañado, también eres tú la compañía, y todo se transforma de tal manera como cuando estás abierto a toda posibilidad de llorar, reír, sufrir, amar, doler y ser feliz a cada momento; porque así es el voluntariado, te vuelve vulnerable en el preciso momento y te reencarna sutilmente en más humano. Entonces, ahí estaba, en compañía de los pequeños “fueguitos”, hermanos que ya encontré sentados hasta ese entonces dentro de un autobús rumbo a la comunidad que nos esperaba representando al TECHO; si no te suena este nombre, te puedo contar que: TECHO es una organización presente en Latinoamérica y El Caribe que busca superar la situación de pobreza que viven miles de personas en los asentamientos precarios, y lo hace a través de la acción conjunta de sus pobladores y jóvenes voluntarios. Ahí estábamos, yo y casi 20 techeros más (Yo llegué a TECHO ya hace algunos años, me he desenvolví en mi país en varios equipos y departamentos de la organización) en ese momento al llegar a la comunidad Las Joyas en Guatemala, ya me estaba convirtiendo en otro techero, como tantos otros que han gestado y han activado a voluntad en otros países.
Era tiempo de la acción y nosotros tendríamos el deber de con el ECO que vendríamos a hacer, sacar mediante encuestas, las futuras familias que construirán pronto junto con voluntarios, una nueva vivienda que pudieran utilizar como su hogar (El ECO, si no te suena esta palabra, te he de decir que es la actividad parte del TECHO que se encarga de Escuchar a las Comunidades, para entender mejor los problemas que se viven en los asentamientos, las carencias que la comunidad maneja y las dificultades de las familias para lograr su inclusión en la sociedad)
La aldea de Las joyas está en el Departamento Santa Rosa de Guatemala (Así le dicen de esté lado del mundo a los estados en los que está separado el país) es una comunidad que está separada en tres sectores, hay cerca de 15 mil habitantes, de los cuales la mayoría se dedica a la agricultura, principalmente de las fincas de café, donde por jornadas laborales de 10 a 12 horas, de lunes a sábado, la gente gana unos 500 Quetzales cada 15 días, lo que equivale a alrededor de 130 Dolares al mes, tan poco como para no olvidar que solo casi el 30% de los habitantes tiene acceso al agua potable, tan poco como para no olvidar la dificultad que es llegar y salir de la aldea por carretera, tan poco como para no olvidar que un camión recolector de basura nunca llega y ni hablar de el apoyo policíaco.
Pero acá, allá, aquí estábamos los voluntarios, platicando con las familias y entre nosotros mismos todo un fin de semana, de todo esto y de todo aquello que nos incomoda tanto en nuestra sociedad, como para para sumarnos a cambiar las realidades de estás y aquellas zonas que nos encuentran al paso de la vida que va pasando; acá, allá, aquí estábamos hablando de nuestras similitudes y diferencias que tenemos entre países hermanos, platicando de activismo, de política y razones, de la historia de revueltas, de manifestaciones e injusticias, desmintiendo también los estereotipos que cargamos como ciudadanos de cambio, rompiendo aquella idea que nos han dicho desde siempre “América Latina anda mal, porque produce demasiada gente” y así, acá, allá, aquí estábamos y yo me quedé pensando en que este país que me ha maravillado de su gente con su fuerza e inteligencia por las cosas que se gestan, yo que sigo tan a gusto ahorita que escribo esto rodeado de estos “fueguitos” y sus paisajes de colores, olores y sabores, sé que Guatemala podría tener más gente... pero de todos aquellos que se van... ¿A dónde van? Y sobre todo ¿Por qué?
Yo, por lo pronto sigo aprendiendo agradecido estando aquí, hasta que continúe mi camino y emprenda una nueva huida para recorrer Latinoamérica, coleccionando historias que me lleven a otro instante, en el que pueda seguir escribiendo.
DIARIO DE UN TECHERO
1era Estación: Guatemala - 1era Parte
Suscribirse a:
Comentarios (Atom)












