DIARIO DE UN TECHERO

viernes, 12 de febrero de 2016


Llegada a tierras chapinas

Corría tras el viento cual bala de metralla, de equipaje un cerro acuestre caminé con el rumbo de lo que supongo ha de ser por siempre el camino de mi vida, porque hay historias que contar, y hay paisajes que percibir, compartir y llevarnos para rato. Narrar lo que uno vive, plasmar lo que uno siente e intentar romper los esquemas de lo que dicen de imposible; así salí de mi Monterrey al viaje de mi vida, primera parada, llegar al aún entonces Distrito Federal, presentando mi primer libro (CIPSELA) en la Casa del Escritor, pactando borracheras de trabajo voluntario con amigos, viajes que seguro nos encontrarán al cono sur y un sin fin de emociones que ya se percibían aún sin salir de México.

Pasé de carretera hasta la ciudad de talaveras, valle de alegrías, batallas que aseguran seguir así; por el camino me miraban el Popocatepetl y el Iztaccihuatl, dos iconos del país que pareciera marchaban junto conmigo la aventura que todavía me aguardaba. Anduve del café hasta la pirámide, del volcán que humea hasta el Barrio del Artista, compartí de sonrisas con amistades, seminarios de logística en una consigna, amores que se aferran y la voluntad de mis hermanos.
Volví a carretear hasta Tuxtla Gutierrez ensordecido por la gran selva que me habitaba por su grandeza, recorridos que me hablaban de sus lenguas y folclor, voces que me llevaban hasta llegar a la frontera en Tapachula, en mi poca estadía, me agrietó tanto ese pueblo vuelto ciudad, rompía ya entre lluvias la infortuna de estar tan lejos de algunos y tan cerca de todo. Bastó con recordar que mi viaje siempre fue un sueño, que sigo habitando a cada minuto que avanzo para llegar al fin del mundo. 

Y así fue que volví a emprender otro camino, casi 2 mil 500 kilómetros después llegué a Ciudad de Guatemala, pasando por la frontera de Talismán arribé hasta San Marcos, el clima ya era otro, la gente, los vehículos de transporte, y a cada instante me preguntaba por que tan distinto el mundo de un metro a otro. Cambié los pocos pesos mexicanos que traía por quetzales, sellaron mi pasaporte por 90 días, volví al autobús en el que cree la huida, y continúe el camino. Los paisajes se dibujaban uno tras otro, atrás quedó el Suchiate y Usumacinta, el Popo, el Izta y mi Cerro de la Silla, volví a cambiar de altitud y las verdes carreteras de este país ya me arropaban con sus paredes de palmera y volcanes sin frontera.

Cuando entré a la ciudad capital quedé sorprendido gratamente del paisaje colonial hasta el ambiente tan moderno y comercial, que atraviesa en este lado las pupilas como spot televisivo, una canción de moda o cualquier aparato que sobrepasa al otro solo por tener una “ese”. Allí, una familia de hermanos voluntarios apenas llegando me cobijó, dando recorrido por el primer plano de la ciudad yo miraba a todos lados, Zona 1 le llaman los guatemaltecos; me contaron de la grandiosa historia que crearon hace algunos mese cuando llenaron la plaza en la que estábamos parados, asumiendo el protagonismo que les correspondía, algarabías por hacer y ser justicia, por llenarse de utopías y de una u otra manera, levantar la mano para implacablemente volverse primavera y nuevo destino.

Contándome del Palacio Nacional, yo quedé asombrado, por la historia que lo marca en la construcción de un día, la grandeza, la espectacularidad que se siente de esquina a esquina, la energía que se observa y toda esa gran variedad de formas y estructuras coloniales que absorbe la historia. Me contaban de las antiguas ciudades que asumían como capitales del país mientras caminábamos del Puente de Correos al Cine Lux, de los bares hasta la Catedral y las innumerables iglesias que afrontan la realidad de un mundo que cambia a cada instante y que sigue siendo el mismo.
Al día siguiente con la resaca de cambiar frontera, de clima, de altitud y compañía; empecé de nuevo a unir energía para volver a adaptarme, y me sorprendió de lo rápido que le alcancé, optando por la mejor manera que conozco. Siempre he creído que formar parte del voluntariado resuena tanto en el interior de uno y se abren tan fácil las puertas de tu alma que en el instante en que te postras siendo uno acompañado, también eres tú la compañía, y todo se transforma de tal manera como cuando estás abierto a toda posibilidad de llorar, reír, sufrir, amar, doler y ser feliz a cada momento; porque así es el voluntariado, te vuelve vulnerable en el preciso momento y te reencarna sutilmente en más humano. Entonces, ahí estaba, en compañía de los pequeños “fueguitos”, hermanos que ya encontré sentados hasta ese entonces dentro de un autobús rumbo a la comunidad que nos esperaba representando al TECHO; si no te suena este nombre, te puedo contar que: TECHO es una organización presente en Latinoamérica y El Caribe que busca superar la situación de pobreza que viven miles de personas en los asentamientos precarios, y lo hace a través de la acción conjunta de sus pobladores y jóvenes voluntarios. Ahí estábamos, yo y casi 20 techeros más (Yo llegué a TECHO ya hace algunos años, me he desenvolví en mi país en varios equipos y departamentos de la organización) en ese momento al llegar a la comunidad Las Joyas en Guatemala, ya me estaba convirtiendo en otro techero, como tantos otros que han gestado y han activado a voluntad en otros países.

Era tiempo de la acción y nosotros tendríamos el deber de con el ECO que vendríamos a hacer, sacar mediante encuestas, las futuras familias que construirán pronto junto con voluntarios, una nueva vivienda que pudieran utilizar como su hogar (El ECO, si no te suena esta palabra, te he de decir que es la actividad parte del TECHO que se encarga de Escuchar a las Comunidades, para entender mejor los problemas que se viven en los asentamientos, las carencias que la comunidad maneja y las dificultades de las familias para lograr su inclusión en la sociedad)

La aldea de Las joyas está en el Departamento Santa Rosa de Guatemala (Así le dicen de esté lado del mundo a los estados en los que está separado el país) es una comunidad que está separada en tres sectores, hay cerca de 15 mil habitantes, de los cuales la mayoría se dedica a la agricultura, principalmente de las fincas de café, donde por jornadas laborales de 10 a 12 horas, de lunes a sábado, la gente gana unos 500 Quetzales cada 15 días, lo que equivale a alrededor de 130 Dolares al mes, tan poco como para no olvidar que solo casi el 30% de los habitantes tiene acceso al agua potable, tan poco como para no olvidar la dificultad que es llegar y salir de la aldea por carretera, tan poco como para no olvidar que un camión recolector de basura nunca llega y ni hablar de el apoyo policíaco.

Pero acá, allá, aquí estábamos los voluntarios, platicando con las familias y entre nosotros mismos todo un fin de semana, de todo esto y de todo aquello que nos incomoda tanto en nuestra sociedad, como para para sumarnos a cambiar las realidades de estás y aquellas zonas que nos encuentran al paso de la vida que va pasando; acá, allá, aquí estábamos hablando de nuestras similitudes y diferencias que tenemos entre países hermanos, platicando de activismo, de política y razones, de la historia de revueltas, de manifestaciones e injusticias, desmintiendo también los estereotipos que cargamos como ciudadanos de cambio, rompiendo aquella idea que nos han dicho desde siempre “América Latina anda mal, porque produce demasiada gente” y así, acá, allá, aquí estábamos y yo me quedé pensando en que este país que me ha maravillado de su gente con su fuerza e inteligencia por las cosas que se gestan, yo que sigo tan a gusto ahorita que escribo esto rodeado de estos “fueguitos” y sus paisajes de colores, olores y sabores, sé que Guatemala podría tener más gente... pero de todos aquellos que se van... ¿A dónde van? Y sobre todo ¿Por qué?

Yo, por lo pronto sigo aprendiendo agradecido estando aquí, hasta que continúe mi camino y emprenda una nueva huida para recorrer Latinoamérica, coleccionando historias que me lleven a otro instante, en el que pueda seguir escribiendo.

DIARIO DE UN TECHERO 
1era Estación: Guatemala - 1era Parte

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